Cómo enfrentarse al síndrome del impostor

Cuando el éxito genera inseguridad, no deje que su mente le engañe respecto a sus talentos.

Resulta curioso que tener éxito y lograr metas elevadas venga acompañado (más a menudo de lo que admitimos públicamente) por algo que se conoce como el Síndrome del impostor. Este fenómeno psicológico, que puede afectar a individuos exitosos en diversas esferas de la vida, se caracteriza por una sensación persistente de ser un «fraude», a pesar de los logros obtenidos. Puede haber alcanzado metas admirables y recibido reconocimiento por sus esfuerzos y, sin embargo, creer firmemente que no merece tales elogios y que, en realidad, no es tan competente como otros creen. Este sentimiento de inseguridad puede llevar a una constante preocupación por ser descubierto como alguien que no está a la altura de las expectativas.

Lo sorprendente es que, cuando este pensamiento de ser impostores nos ataca, podemos tener pruebas tangibles de nuestras habilidades y logros, pero no creérnoslas. Pasamos a atribuir el éxito a la suerte o a circunstancias externas en lugar de reconocer nuestras capacidades genuinas. Esta autopercepción distorsionada genera altos niveles de estrés y ansiedad, afectando tanto al bienestar emocional como al desarrollo personal y profesional. Y es un síndrome muy trasversal, ya que afecta a personas de todas las edades y ámbitos, desde estudiantes hasta profesionales consagrados.

A menudo está vinculado a un deseo perfeccionista y a un temor profundo al fracaso. Todo ello produce un gran agotamiento emocional. ¿Ha sentido alguna vez este síndrome? Es probable que sí, ya que según el Journal of Behavioral Science, alrededor del 70% de las personas lo han experimentado en algún punto de sus vidas, independientemente de su nivel de éxito.

Lo que ocurre en nuestro cerebro

Una vez más se trata de una mala pasada que nos hace nuestro cerebro. El Síndrome del impostor va más allá de lo que se creía comúnmente que lo relacionaba con dar demasiada importancia a lo que opinan los demás. Nuestro cerebro toma una parte activa en ello y para superarlo debemos entender este mecanismo.

Nuestro cerebro tiende a asociar hacer algo bien con el esfuerzo que nos exige esa actividad. En la educación, el esfuerzo se relaciona con la calidad. Si cuesta esfuerzo, es que se está haciendo bien; si no, parece que no estamos cumpliendo con nuestro deber. Evidentemente el esfuerzo es necesario para crecer y alcanzar nuevos horizontes. Pero aquí está la trampa: nuestro cerebro asocia directamente esfuerzo y éxito, olvidando que también se pueden hacer cosas bien sin demasiado sacrificio.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando conduce un coche. Posiblemente las primeras veces que lo hizo le exigió mucha atención y sintió orgullo después de haber conseguido llevar el vehículo razonablemente bien. Le costaba esfuerzo hacerlo bien y cuando lo lograba su mente le regalaba satisfacción por el trabajo hecho. Pero, ahora, si usted conduce regularmente, no se felicita cada vez que es capaz de desplazarse de un lugar a otro. Da por sentado que es algo normal. ¿Por qué ocurre esto? Porque ya no le exige excesivo trabajo: es algo que su cerebro ha automatizado y ya no lleva su atención sobre ello. Y seguro que conduce muchísimo mejor hoy en día que cuando empezó, pero su cerebro ya no lo ve como algo importante.

Cuando hemos automatizado una acción, esta se vuelve insignificante para nuestro cerebro. Al ser una actividad conocida y dominada, no le exige su atención, porque no es una fuente de amenaza. Este fenómeno está detrás del Síndrome del impostor. Su mente se acostumbra tanto a hacer algo que ya no necesita esfuerzo. Y, si no hay esfuerzo, su cerebro no piensa que esté bien hecho. Llega a una conclusión (errónea): «No me cuesta esfuerzo, luego no debe de estar bien hecho». Al no exigirle esfuerzo, no le brinda la sensación de «tarea bien hecha, siente orgullo». Sin embargo, puede recibir señales del exterior de que sí está bien hecho. Su entorno puede elogiar algo que a sus ojos no parece importante porque su cerebro no le da valor.

¿Qué ocurre entonces? Que su cerebro, en este desconcierto, le manda el mensaje de «está engañando a los demás». Aunque dicen que está bien hecho, no le costó esfuerzo y lo sabe. Su cerebro le está enviando un mensaje erróneo. Porque sí está bien hecho. Es como cuando es un conductor experto. Lo hace mejor que nunca, pero a su cerebro no le da la sensación de trabajo bien hecho por no haberle costado esfuerzo.

Para personas sensibles al entorno, como los perfeccionistas, este desconcierto cerebral es aún más fuerte. La superación del Síndrome del impostor viene por entender que hablamos de un mecanismo fallido de nuestro cerebro. Nosotros podemos redirigirlo para entender que el no esfuerzo es origen de grandes logros fruto de la maestría y la destreza adquiridas.

Nuestros talentos excepcionales (esas capacidades por encima de lo común que todos tenemos en algún aspecto de nuestra personalidad) no requieren esfuerzo excesivo. Si hay algo que define a esos dones naturales es que fluyen de manera espontánea. Surgen de nosotros sin tener que forzarlos. Por ello pasan por debajo del radar de nuestro cerebro, que se pasa la vida a la busca y captura de esfuerzo. No reconocemos nuestra grandeza debido a que nos enfocamos en el «sufrimiento» que exige conseguir algo bueno y no vemos lo que surge naturalmente.

El entrenamiento mental de armonización de frecuencias ayuda a sacar al cerebro de esta confusión al trabajar áreas del prefrontal cerebral izquierdo que nos dotan de seguridad. Nuestro prefrontal izquierdo tiene la habilidad de tomar perspectiva por encima de nuestro mundo emocional y conectarnos de forma más objetiva con lo que está pasando. En este caso reconocer lo que hacemos bien y confiar en nuestras capacidades innatas o adquiridas.

Nuestra experiencia y talentos innatos son herramientas que debemos usar a nuestro favor. No dejemos que la necesidad de esforzarnos lo impida. Valore lo que otros ven en usted y sorpréndase por lo bueno que brota sin esfuerzo. La próxima vez que se sienta impostor pregúntese si no será que está siendo un conductor experimentado que no reconoce su destreza al volante.

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