Cómo influyen las emociones en nuestra mirada del mundo

Las emociones son reacciones de nuestro cuerpo ante situaciones que vivimos en nuestro día a día. Algunas son agradables de experimentar, pero otras nos producen malestar.

Sin embargo, no hay emocionas buenas o malas ni positivas o negativas, todas son necesarias para vivir. El problema viene cuando aquellas emociones más desagradables las experimentamos en demasiada intensidad o muy frecuentemente.

Por ejemplo, es normal sentir tristeza cuando perdemos a un ser querido, pero cuando esta tristeza se instaura en nosotros a lo largo del tiempo y la vivimos con tal intensidad que nos afecta en nuestro día a día, alterando nuestro estado de ánimo, seguramente se debe a que no ha habido una buena gestión emocional.

A veces, cuando nos es difícil manejar alguna situación que nos provoca malestar emocional, inconscientemente, evitamos enfrentarnos a ella (por ejemplo, tenemos una conversación incómoda pendiente con nuestra pareja, pero la vamos retrasando porque nunca encontramos “el momento idóneo” para tenerla).

Esto puede provocar que estas emociones no se procesen bien y que el malestar, lejos de desaparecer, se mantenga en el tiempo e incluso se intensifique.

Nuestro estado emocional y estado de ánimo influyen en nuestra percepción de la realidad, es decir, la forma en que miramos el mundo.

Condicionan nuestras experiencias y afecta a nuestro bienestar y calidad de vida. En otras palabras, sentirse mejor o peor puede implicar un sesgo positivo o negativo a la hora de entender lo que sucede en nuestro alrededor.

Percibimos, interpretamos e incluso memorizamos las cosas de forma diferente dependiendo de nuestro estado emocional, y esto influye en
nuestro comportamiento.

Los ritmos de las frecuencias cerebrales de las personas que experimentan de forma habitual emociones como la ansiedad, el miedo, la ira, el enfado, la tristeza… pueden verse afectados provocando una desregulación que puede llevar a experimentar síntomas como falta de concentración o problemas de insomnio entre otros.

El entrenamiento de frecuencias cerebrales ayuda a que el cerebro se autorregule mejor y que pueda compensar estos desequilibrios en su actividad cerebral, sobre todo aumentando las frecuencias de las ondas Alfa, así promoviendo una mejor gestión emocional y, por tanto, disminuyendo el malestar y los síntomas.

También, trata de disminuir el impacto emocional de situaciones difíciles y facilitar una percepción de los hechos más ajustada a la realidad para un mejor afrontamiento y manejo de situaciones difíciles o conflictivas.

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